viernes, 18 de marzo de 2011

Haciendo el payaso, otra vez

Otra vez he hecho el payaso. Porque he querido, como siempre, pero no, no ha habido aplausos. ¿Risas? Casi, es decir, tampoco.

Bueno, no siempre se puede triunfar. Hay que probar de todo hasta dar con la clave, y luego otra vez, cuando se te gasta la gracia.

Es lo que más me gusta del oficio: buscarle las cosquillas a la gente. Y probar, hoy aquí, mañana, allí.

A. dice que los payasos tienen la nariz roja porque tienen enfermo el corazón.

Entonces alguien ha debido de curarse porque nos encontramos una nariz de payaso en el suelo el otro día. Había cogido polvo y me puse a estornudar.

viernes, 4 de marzo de 2011

Hablando de payasas,

tengo una amiga a la que sólo veo de vez en cuando, desgraciadamente. La llamaré G.

G es una auténtica payasa, siempre lo ha sido, y espero que siempre lo sea.

Sus dichos son mucho mejores que "al mal tiempo, buena cara". Cuando llueve, se moja, como las demás, pero su frase es: "así se me riza el pelo".

A ella le dejo que me llame cualquier cosa.

jueves, 3 de marzo de 2011

¡Payaso!

Hace un tiempo, Victor Izco (gracias, Victor) me pidió que participara en el último número de la revista “Luces y sombras”, de Tafalla. Nos propuso el mismo tema a varios escritores: el circo.
Así nacieron: el domador, la trapecista, el mago, el equilibrista... Traje algunos al blog.
Hoy, la revista ya está en la calle (salió en diciembre). Sin embargo, no me atreví a hablar del payaso. Que levante la mano quien me sepa decir el por qué (o su por qué, seguro que no soy la única...)
Pues bien, ahora sí: aquí lo tenéis.


El payaso

Sí, soy un payaso.
Puedes decirlo bien alto: ¡payaso!
Conozco mi papel y no me importa.
Ya no.
La primera vez que tropecé
creía que la risa
era casi un aplauso.
Así empecé a confundirlo todo:
la sal con el azúcar,
el agua con la flor,
la talla de zapatos y hasta el sitio
de los botones.
Pero existe una lógica
y uno conoce al fin por qué se hizo payaso:
para que tú te rías
y yo te haga creer que no me importa.

domingo, 27 de febrero de 2011

Walk like Ana

Amina me quería aunque no me lo dijo. Fue su tía. Me dijo: Lloró cuando te fuiste. ¿Por qué lo hizo? Quizá ella también me quería.

Pero yo tuve que imaginarla llorando y eso duele. Tiene cinco años. A mi no me gusta hacer llorar a los niños. Ya sé que luego se les pasa, pero duele.

Así que me pongo a recordar otra cosa que también me contó su tía:

Amina imitaba mi forma de caminar. Esa forma que tenemos algunas chicas de andar como los chicos. Movía los hombros arriba y abajo y decía "I walk like Ana".

Eso me hace reír.



jueves, 17 de febrero de 2011

Geografía e historia

También estaba ese chico, joven, casi un niño, y guapísimo, que se convirtió en mi sombra. Un día me contó una historia terrible, y luego, cada día, una más terrible que la del día anterior.

Al final, tuve que decirle que se fuera. Prefería verle jugar en la playa con sus amigos que conmigo. Entre todos, quizá podríamos contar su historia.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Las buenas formas

Por ejemplo, conocí a una mujer. Las dos fumamos en la playa mientras su hermana jugaba con su hijo. Allí está mal visto que las mujeres fumen, que beban o que anden solas (como en tantas partes). Fue la primera vez que me despegué de mis amigos. Me quedé allí charlando. Me contó cómo tuvo a su hijo a pesar de la presión familiar. Fue también la primera vez que hablé de mi vida sentimental a una persona africana.

Allí, como aquí, como en todas partes, hay maneras, hay formas, que invitan, y otras que invitan a callar o a mentir.

Después, una puede sentirse más culpable que víctima, o descubrir, como hice yo (como tengo que hacerlo tantas veces) que no hay nada de eso, sólo formas que nos fuimos poniendo y que ya no nos sirven, como tallas pequeñas.