Ahí tienes tu
castigo:
me pusiste de cara
a la pared
y mira, ahora soy
yo
la que te da la
espalda.
De niña me decían
no hay que llorar,
y luego, ya crecida,
hay que llorar.
Y yo, que soy rebelde,
no he querido aprender
ni a llorar ni a dejar
de llorar.
Así que lloro a veces
a la hora de la siesta
o en los días de fiesta.
Y otras veces no lloro
ni muerta
aunque me pille el dedo con la puerta.
Mis lágrimas son mías
mías mías
y de nadie más
y las quiero bien vivas.